la puerta; momento en el cual, en medio de la confusión ocasionada por la marcha de los invitados, Madame L. podría subir a él fácilmente y sin ser vista. Luego pasaríamos por la casa de un clérigo que estaría aguardando; allí nos casaríamos, dejaríamos a Talbot y emprenderíamos una breve excursión hacia el Este; dejando que el mundo elegante se quedara en casa haciendo los comentarios que mejor le parecieran sobre el asunto.
Habiendo planeado todo esto, me despedí de inmediato y fui en busca de Talbot, pero, por el camino, no pude resistir la tentación de entrar en un hotel con el propósito de examinar la miniatura; y esto lo hice con la poderosa ayuda de las lentes. ¡El rostro era de una belleza insuperable! ¡Esos grandes ojos luminosos!—¡esa orgullosa nariz griega!—¡esos oscuros rizos abundantes!—«¡Ah!», me dije triunfante, «¡esta es en verdad la imagen viva de mi amada!». Volví el reverso y descubrí las palabras: «Eugénie Lalande—de veintisiete años y siete meses de edad».