de los errores habituales, en investigaciones como esta, el limitar la indagación a lo inmediato, con total desprecio de los acontecimientos colaterales o circunstanciales. Es mala práctica de los tribunales confinar las pruebas y el debate a los límites de la pertinencia aparente. Sin embargo, la experiencia ha demostrado, y una verdadera filosofía siempre demostrará, que una vasta, quizás la mayor parte de la verdad, surge de lo aparentemente irrelevante. Es a través del espíritu de este principio, si no precisamente a través de su letra, que la ciencia moderna se ha propuesto calcular sobre lo imprevisto. Pero tal vez no me comprendáis. La historia del conocimiento humano ha demostrado de manera tan ininterrumpida que debemos a los acontecimientos colaterales, incidentales o accidentales los descubrimientos más numerosos y valiosos, que a la postre se ha vuelto necesario, en cualquier visión prospectiva de progreso, hacer no solo grandes, sino las más grandes concesiones a las invenciones que surjan por azar, y fuera por completo del rango de la expectativa ordinaria. Ya no es filosófico basar, en lo que ha sido, una visión de lo que ha de ser. El accidente es admitido como parte de la infraestructura. Hacemos del azar un asunto de cálculo absoluto. Sometemos lo inesperado y lo inimaginable a las fórmulas matemáticas de las escuelas.
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El misterio de Marie Rogêt
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