Dicho y hecho. Eché una mano; y, en un abrir y cerrar de ojos, pusimos la caja sobre la mesa, en medio de todas las botellas y vasos, no pocos de los cuales resultaron destrozados en el forcejeo.
El «viejo Charley», que estaba bastante ebrio y con el rostro sumamente encendido, tomó asiento entonces, con un aire de fingida dignidad, a la cabecera de la mesa, y golpeó furiosamente sobre ella con una jarra, exigiendo a la concurrencia que guardara silencio «durante la ceremonia de desenterrar el tesoro».
Después de algunas vociferaciones, la calma quedó al fin plenamente restablecida y, como ocurre muy a menudo en casos semejantes, sobrevino un silencio profundo y notable.
Se me pidió entonces que forzara la tapa, a lo cual accedí, por supuesto, «con muchísimo gusto». Introducí un cincel y, dándole unos ligeros golpes con un martillo, la parte superior de la caja saltó de repente y, al mismo instante, incorporándose hasta quedar sentada, justo frente al anfitrión, surgió la maltrecha, sangrienta y casi podrida aparición del mismísimo y asesinado señor Shuttleworthy.
Este contempló durante unos segundos, con fijeza y tristeza, con sus ojos apagados y en descomposición, el rostro del señor Goodfellow; pronunció lenta, pero clara y solemnemente, las palabras: «¡Tú eres el hombre!» y luego, cayendo sobre el borde del arca como si estuviera plenamente satisfecho, estiró sus miembros con un temblor sobre la mesa.
La escena que siguió está por completo más allá de toda descripción. La avalancha hacia las puertas y las ventanas fue tremenda, y muchos de los hombres más robustos de la sala se desmayaron sin contemplaciones debido al puro horror.