El margen del río, y el de los numerosos y deslumbrantes arroyuelos que se deslizaban por sinuosos caminos hacia su cauce, así como los espacios que se extendían desde las orillas hacia las profundidades de las corrientes hasta alcanzar el lecho de guijarros del fondo—estos lugares, no menos que toda la superficie del valle, desde el río hasta las montañas que lo ceñían, estaban alfombrados por completo de una hierba suave y verde, espesa, corta, perfectamente uniforme y perfumada a vainilla, pero tan salpicada por todas partes de ranúnculos amarillos, margaritas blancas, violetas púrpuras y asfódelos rojo rubí, que su belleza inmensa le hablaba a nuestros corazones, con voz potente, del amor y de la gloria de Dios.
Y, aquí y allá, en bosquecillos sobre esta hierba, como sotos de ensueños, surgían árboles fantásticos, cuyos esbeltos y delgados troncos no se erguían rectos, sino que se inclinaban con gracia hacia la luz que a mediodía se asomaba al centro del valle.
Su corteza estaba salpicada por el vívido y alterno esplendor del ébano y de la plata, y era más tersa que cualquier otra cosa, excepto las mejillas de Eleonora; de modo que, a no ser por el verde brillante de las enormes hojas que se extendían desde sus cumbres en líneas largas y temblorosas, jugando con los céfiros, se los habría podido tomar por serpientes gigantes de Siria rindiendo homenaje a su soberano el Sol.
Mano a mano por este valle, durante quince años, deambulé yo con Eleonora antes de que el Amor entrase en nuestros corazones. Era una tarde, al finalizar el tercer lustro de su vida y el cuarto de la mía propia, en que nos sentábamos, estrechados en el abrazo del uno al otro, bajo los árboles de formas serpentinas, y mirábamos hacia las aguas del Río del Silencio para contemplar nuestras imágenes en ellas. No pronunciamos palabra durante el resto de aquel dulce día, y nuestras palabras, aun al día siguiente, fueron temblorosas y escasas. Habíamos sacado al Dios Eros de aquella onda, y ahora sentíamos que él había encendido en nosotros las almas ardientes de nuestros antepasados.