asumir que eran hechos y debían serlo porque así lo parecían. Cuando procedían por el camino del Carnero, su rumbo era apenas tan recto como el cuerno de un carnero, pues jamás tuvieron un axioma que fuera tal axioma. Deben de haber estado muy ciegos para no ver esto, incluso en su propia época; pues ya en su propia época muchos de los axiomas largamente «establecidos» habían sido rechazados. Por ejemplo: «Ex nihilo nihil fit»; «un cuerpo no puede actuar donde no está»; «no pueden existir antípodas»; «la oscuridad no puede salir de la luz»; todas estas, y una docena de proposiciones similares, admitidas antiguamente sin vacilación como axiomas, ya eran consideradas insostenibles en el período del que hablo. ¡Qué absurdo, pues, en esta gente persistir en depositar su fe en «axiomas» como bases inmutables de la Verdad! Pero incluso de los labios de sus razonadores más sensatos resulta fácil demostrar la futilidad, la impalpabilidad de sus axiomas en general. ¿Quién era el más sensato de sus lógicos? ¡A ver! Iré a preguntarle a Pundit y volveré en un minuto.
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Mellonta Tauta 3
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