Fue al consagrar su enorme riqueza a la materialización de una visión como esta —en el libre ejercicio al aire libre garantizado por la superintendencia personal de sus planes— en el incesante objeto que estos planes brindaban —en la elevada espiritualidad del objeto— en el desprecio de la ambición que le permitía sentir verdaderamente— en los manantiales perennes con los que gratificaba, sin posibilidad de saciarla, esa única pasión dominante de su alma, la sed de belleza, sobre todo, fue en la simpatía de una mujer, no desprovista de feminidad, cuya hermosura y amor envolvían su existencia en la atmósfera purpúrea del Paraíso, donde Ellison creyó hallar, y halló, la exención de las cuitas ordinarias de la humanidad, con una cantidad de felicidad positiva mucho mayor de la que jamás brilló en los arrebatados devaneos de De Staël.
Me desespero ante la idea de transmitir al lector una noción clara de las maravillas que mi amigo en verdad realizó.
Deseo describir, pero me desanima la dificultad de la descripción, y dudo entre el detalle y la generalidad.
Quizá el mejor camino sea unir ambos en sus extremos.
El primer paso del señor Ellison se refería, por supuesto, a la elección de la localidad, y apenas había empezado a pensar en este punto, cuando la naturaleza exuberante de las islas del Pacífico llamó su atención. De hecho, ya se había decidido por un viaje a los mares del Sur, cuando la reflexión de una noche le hizo abandonar la idea. > «Si fuera misántropo —dijo—, semejante lugar me convendría. Lo radical de su aislamiento y reclusión, y la dificultad de entrada y salida, serían en tal caso el