Pasado este tiempo, sin embargo, me vi sumido en un extremo de agitación al verla desplegar, por segunda vez, el catalejo que pendía de su costado, encararse de nuevo conmigo por completo y, sin hacer caso del murmullo renovado del público, examinarme, de pies a cabeza, con la misma milagrosa compostura que antes había deleitado y confundido tanto a mi alma.
Este extraordinario comportamiento, al arrojarme a una perfecta fiebre de entusiasmo —a un absoluto delirio de amor—, sirvió más bien para envalentonarme que para desconcertarme.
En la frenética intensidad de mi devoción, olvidé todo excepto la presencia y la majestad encantadora de la visión que contemplaba mi mirada.
Aprovechando la oportunidad, cuando creí que el público estaba por completo absorto en la ópera, al fin capté los ojos de Madame Lalande y, al instante, le hice una ligera pero inequívoca reverencia.
Se sonrojó profundamente; luego apartó los ojos; después miró lenta y cautelosamente a su