las vi. No me interesaba por nada. Incluso el cadáver parecía un asunto que no me incumbía. Volición no tenía ninguna, sino que parecía impulsado al movimiento, y revoloteaba ingrávido fuera de la ciudad, desandando el camino sinuoso por el que había entrado en ella. Cuando hube alcanzado aquel punto del desfiladero en las montañas donde había encontrado a la hiena, experimenté de nuevo un choque como de pila galvánica; la sensación de peso, de volición, de sustancia, regresó. Volví a ser mi yo original, y encaminé mis pasos con impaciencia hacia el hogar, mas el pasado no había perdido la viveza de lo real, y ni ahora, ni siquiera por un instante, puedo forzar a mi entendimiento a considerarlo un sueño”.
—Tampoco lo era —dijo Templeton con un aire de profunda solemnidad—, aun cuando sería difícil decir de qué otro modo debiera denominarse. Supongamos tan solo que el alma del hombre de hoy se halla en el umbral de algunos descubrimientos psíquicos colosales. Contentémonos con esta suposición. Por lo demás, tengo alguna explicación que dar. He aquí un dibujo a la acuarela que debí haberme mostrado antes, pero que un sentimiento inexplicable de horror me ha impedido mostrar hasta ahora.
Examinamos el retrato que nos presentó. No vi en él nada de carácter extraordinario, pero su efecto sobre Bedloe fue prodigioso. Estuvo a punto de desmayarse mientras contemplaba. Y, sin embargo, no era más que un retrato en miniatura —milagrosamente exacto, eso sí— de sus propios y muy singulares rasgos. Al menos eso pensé yo al contemplarlo.
“Usted advertirá —dijo Templeton— la fecha de este cuadro; está aquí, apenas visible, en este rincón: 1780. En este año fue tomado el retrato. Es la semejanza de un amigo muerto —un tal señor Oldeb— a quien llegué a cobrar mucho afecto en Calcuta, durante la administración de Warren Hastings. Yo solo tenía entonces veinte años. Cuando lo vi por primera