con su anchura en posición horizontal, y formando parte de una serie que servía para reforzar la estructura en toda su extensión. Con el borde de este tirante resultaba evidente que el cuello de mi desafortunado amigo había entrado precisamente en contacto.
No sobrevivió mucho tiempo a su terrible pérdida. Los homeópatas no le dieron medicina en cantidad suficientemente pequeña, y la poca que le dieron dudó en tomarla. Así que al final empeoró y por fin murió, sirviendo de escarmiento a todos los libertinos.
Rocié su tumba con mis lágrimas, bordé una barra siniestra en su blasón familiar y, para cubrir los gastos generales de su funeral, envié mi factura, muy moderada, a los transcendentalistas. Los canallas se negaron a pagarla, así que hice desenterrar al señor Dammit de inmediato y lo vendí como carne para perros.