mérito como hombre de sentimientos devotos y excelente juicio, fue interrumpido una tarde (sin duda en sus oraciones) por la visita de su gran visir, a cuya hija, al parecer, se le había ocurrido una idea.
Se llamaba Sherezade, y su idea era que o bien libraría al país del tributo que despoblaba su belleza, o perecería, según la stilizada costumbre de todas las heroínas, en el intento.
Por consiguiente, y aunque no descubrimos que sea año bisiesto (lo que hace que el sacrificio sea más meritorio), ella comisiona a su padre, el gran visir, para hacerle al rey una oferta de su mano. Esta mano el rey la acepta con entusiasmo —(tenía la intención de tomarla de todos modos, y había postergado el asunto día tras día solo por miedo al visir)—, pero, al aceptarla ahora, da a entender muy claramente a todas las partes que, gran visir o no gran visir, no tiene la más mínima intención de renunciar ni a un ápice de su voto o de sus privilegios. Cuando, por lo tanto, la bella Scherezada insistió en casarse con el rey, y efectivamente se casó con él a pesar del excelente consejo de su padre de no hacer nada por el estilo —cuando quiso y se casó con él, digo, quisiera o no quisiera—, fue con sus hermosos ojos negros tan bien abiertos como la naturaleza del caso lo permitía.
Parece, sin embargo, que esta doncella tan política (que había estado leyendo a Maquiavelo, sin duda alguna) tenía en mente una pequeña e ingeniosa intriga. En la noche de las bodas, se las ingenió, con no recuerdo qué pretexto especioso, para que su hermana ocupara un lecho lo suficientemente cercano al de la real pareja como para permitir una fácil conversación de cama a cama; y, un poco antes del canto del gallo, se cuidó de despertar al buen monarca, su esposo (quien no le guardaba peor voluntad por el hecho de tener la intención de torcerle el cuello al día siguiente) —se las arregló para despertarlo, digo (a pesar de que, debido a una conciencia