Mientras tanto mantuve mis ojos fijos en Madame Lalande, y al fin tuve la buena fortuna de obtener una vista de pleno frente de su rostro. Era exquisitamente hermoso—esto, por supuesto, me lo había dicho antes mi corazón, aun si Talbot no me hubiera satisfecho plenamente en ese punto—, pero aun así aquel algo ininteligible me turbaba. Llegué por fin a la conclusión de que mis sentidos estaban impresionados por cierto aire de gravedad, tristeza, o, más propiamente aún, de hastío, que restaba algo de la juventud y frescura al semblante, solo para dotarlo de una ternura y una majestad seráficas, y con ello, por supuesto, para mi temperamento entusiasta y romántico, con un interés diez veces mayor.
Mientras así recreaba mis ojos, percibí al fin, con gran turbación por mi parte, mediante un sobresalto casi imperceptible de la dama, que se había vuelto súbitamente consciente de la intensidad de mi mirada.
Aun así, estaba absolutamente fascinado, y no pude retirarla, ni por un instante. Ella apartó el rostro, y de nuevo solo vi el perfil cincelado de la parte posterior de la cabeza.
Pasados unos minutos, como si la impulsara la curiosidad por ver si todavía la estaba mirando, fue girando gradualmente su rostro de nuevo y volvió a tropezar con mi ardiente mirada. Sus grandes ojos oscuros bajaron al instante, y un profundo rubor cubrió su mejilla.
Pero ¿cuál no sería mi asombro al advertir que no solo no apartó la cabeza por segunda vez, sino que en realidad sacó de su talle un doble anteojo —lo alzó— lo ajustó— y luego me miró a través de él, intensa y deliberadamente, durante el espacio de varios minutos.
De haber caído un rayo a mis pies no podría haberme quedado más profundamente asombrado —asombrado tan solo—, ni ofendido ni disgustado en lo más mínimo; a pesar de que un acto tan audaz en cualquier otra mujer probablemente habría ofendido o disgustado. Pero todo el asunto se llevó a cabo con tanta tranquilidad —tanta