Estaba sola. Sus pequeños, descalzos y plateados pies brillaban en el negro espejo de mármol que tenía debajo.
Su cabello, aún no del todo desatado para la noche de su peinado de baile, se agolpaba, entre una lluvia de diamantes, alrededor de su cabeza clásica, en rizos semejantes a los del jacinto joven.
Un cortinaje de blancura nívea y aspecto de gasa parecía ser casi la única cobertura de su delicada forma; pero el aire de medianoche a mediados del verano era cálido, opresivo y quieto, y ningún movimiento en la forma estatuaria misma agitaba siquiera los pliegues de aquel ropaje de pura bruma que pendía en torno a ella como el pesado mármol pende en torno a Níobe.
¡Sin embargo —cosa extraña!—, sus grandes y lustrosos ojos no se dirigían hacia abajo, a esa tumba en la que yacía sepultada su más brillante esperanza, sino que estaban clavados en una dirección muy diferente!
La prisión de la Vieja República es, creo, el edificio más imponente de toda Venecia, mas ¿cómo podía aquella dama contemplarlo con tanta fijeza, cuando debajo de ella yacía sofocándose su único hijo?
Aquella hornacina oscura y sombriza, también, bosteza justo enfrente de la ventana de su aposento; ¿qué podía haber entonces en sus sombras —en su arquitectura— en sus solemnes cornisas coronadas de hiedra— que la Marchesa di Mentoni no hubiera admirado mil veces antes?
¡Absurdo! —¿Quién no recuerda que, en un momento como este, el ojo, como un espejo hecho trizas, multiplica las imágenes de su pesar y ve en innumerables lugares lejanos la aflicción que está cerca?
Muchos escalones por encima de la Marquesa, y bajo el arco de la puerta de agua, se encontraba, en traje de gala, la figura semejante a un sátiro del propio Mentoni.