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nydus/Short FictionPublic
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El hombre de negocios

Si hay algo en la tierra que detesto, es un genio. Sus genios son todos unos burros redomados —cuanto mayor es el genio, mayor es el burro— y a esta regla no hay excepción alguna. Especialmente, no se puede hacer un hombre de negocios de un genio, como tampoco dinero de un judío, o la mejor nuez moscada de nudos de pino. Las criaturas siempre andan yéndose por la tangente en algún empleo fantástico, o especulación ridícula, totalmente en desacuerdo con la «conveniencia de las cosas», y sin tener ningún asunto que deba considerarse como un negocio en absoluto. Así pues, se puede reconocer a estos personajes inmediatamente por la naturaleza de sus ocupaciones. Si alguna vez perciben a un hombre instalándose como comerciante o fabricante, o metiéndose en el negocio del algodón o del tabaco, o en cualquiera de esas actividades excéntricas; o llegando a ser un mercader de novedades, o un jabonero, o algo por el estilo; o pretendiendo ser abogado, o herrero, o médico —cualquier cosa fuera de lo común—, pueden catalogarlo de inmediato como un genio y entonces, según la regla de tres, es un burro.

Ahora bien, no soy en ningún aspecto un genio, sino un hombre de negocios hecho y derecho. Mi libro de diario y mi libro mayor lo demostrarán en un minuto. Están bien llevados, aunque yo mismo lo diga; y, en cuanto a mis hábitos generales de precisión y puntualidad, no me gana ni un reloj. Además, mis ocupaciones siempre se han hecho coincidir con los hábitos ordinarios de mis semejantes.

No es que me sienta en lo más mínimo agradecido, por este motivo, hacia mis sumamente apocados padres, quienes, sin lugar a dudas, habrían hecho de mí un genio consumado al final, de no haber acudido a tiempo mi ángel de la guarda en mi auxilio. En la biografía la verdad lo es todo, y en la autobiografía lo es aún más; sin embargo, apenas albergo la esperanza de que se me crea cuando afirmo, por muy solemnemente que lo haga, que mi pobre padre me metió, cuando yo tenía unos quince años, en el despacho de lo que él llamaba «¡un respetable comerciante de ferretería y comisiones que hacía un negocio redondo!». ¡Un negocio redondo de mis narices!

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