Y para colmo de males, el bribonzuelo granuja que estaba en el campanario se esforzaba visiblemente al máximo. De vez en cuando se podía vislumbrar al infame a través del humo.
Allí estaba sentado en el campanario sobre el campanero, que yacía completamente boca arriba. Entre los dientes, el villano sostenía la soga de la campana, que no paraba de sacudir con la cabeza, armando un estrépito tal que me vuelve a zumbar los oídos con solo recordarlo.
Sobre su regazo descansaba el violín grande, que iba rabandose, a destiempo y desentonado, con ambas manos, ¡el mentecato!, haciendo un gran despliegue de tocar «Judy O’Flannagan and Paddy O’Rafferty».
Estando las cosas en tan miserable estado, abandoné el lugar con repugnancia, y ahora apelo a la ayuda de todos los amantes de la hora exacta y el buen chucrut.
Marchemos en masa al buró, y restablezcamos el antiguo orden de cosas en Vondervotteimittiss expulsando a ese amiguito del campanario.