era sumamente sinuoso y, como el sol no podía verse, pronto perdí toda noción de la dirección en la que viajaba. Entretanto, la morfina produjo su efecto habitual: el de dotar a todo el mundo exterior de una intensidad de interés. En el temblor de una hoja, en el tono de una brizna de hierba, en la forma de un trébol, en el zumbido de una abeja, en el brillo de una gota de rocío, en el soplo del viento, en los tenues olores que provenían del bosque, surgía todo un universo de sugestiones, una alegre y variopinta comitiva de pensamientos rapsódicos y desordenados.
“Ocupado en esto, caminé durante varias horas, lapso en el cual la neblina se espesó tanto a mi alrededor que al fin me vi reducido a tantear el camino a ciegas. Y entonces se apoderó de mí una inquietud indescriptible—una especie de vacilación y temblor nerviosos. Temía caminar, no fuera a precipitarme en algún abismo. Recordaba también extrañas historias contadas sobre estas Colinas Escabrosas, y sobre las razas de hombres toscos