prácticas para considerar la libertad peligrosa en el caso de un lunático?”
“¿Aquí?—¿en mi propia experiencia?—pues bien, puedo decir que sí. Por ejemplo:—no hace mucho tiempo, ocurrió una circunstancia singular en esta misma casa. El «sistema tranquilizador», ya sabe usted, estaba entonces en vigor, y los pacientes andaban sueltos. Se portaban extraordinariamente bien—hasta tal punto que cualquiera con dos dedos de frente habría podido deducir, por ese preciso hecho de que los sujetos se portaban tan rematadamente bien, que se estaba fraguando algún plan diabólico. Y, efectivamente, una buena mañana los celadores se encontraron atados de pies y manos, y arrojados a las celdas, donde fueron atendidos, como si ellos fuesen los lunáticos, por los propios lunáticos, que habían usurpado los puestos de los celadores”.
“¡No me digas eso! ¡Jamás en la vida he oído cosa tan absurda!”
“Es un hecho: todo ocurrió por obra de un tipo estúpido, un lunático, a quien por algún motivo se le había metido en la cabeza que había inventado un sistema de gobierno mejor que cualquiera del que se hubiese oído hablar antes, de gobierno lunático, quiero decir. Deseaba poner a prueba su invención, supongo, y así persuadió al resto de los pacientes para que se le unieran en una conspiración para derrocar a los poderes reinantes”.
—¿Y de verdad lo logró?
—No cabe duda. Los guardianes y los custodiados no tardaron en intercambiar papeles. Tampoco exactamente eso, pues los locos habían estado libres, pero los guardianes fueron encerrados en celdas de inmediato y tratados, lamento decirlo, de una manera muy despectiva.
“Pero supongo que pronto se consumó una contrarrevolución. Este estado de cosas no pudo haber durado mucho. La gente del campo de los