El gran reloj tiene siete esferas —una en cada uno de los siete lados del campanario—, de modo que puede verse fácilmente desde todos los puntos cardinales. Sus esferas son grandes y blancas, y sus manecillas pesadas y negras. Hay un campanero cuya única obligación es atenderlo; pero esta obligación es la más perfecta de las sinecuras, pues jamás se ha sabido que el reloj de Vondervotteimittis tuviera el menor problema. Hasta hace poco, la mera suposición de algo así se consideraba herética. Desde el más remoto periodo de la antigüedad al que se refieren los archivos, las horas han sido tocadas regularmente por la gran campana. Y, en verdad, ocurría exactamente lo mismo con todos los demás relojes grandes y pequeños del buró. Nunca hubo un lugar igual para conservar la hora exacta. Cuando el gran péndulo creía oportuno decir «¡Las doce!», todos sus obedientes seguidores abrían la garganta simultáneamente y respondían como un auténtico eco. En resumen, a los buenos burgueses les gustaba su chucrut, pero estaban muy orgullosos de sus relojes.
Todas las personas que desempeñan cargos sin obligaciones gozan de mayor o menor respeto, y como el campanero de Vondervotteimittiss tiene el más perfecto de los sinecuras, es el hombre más perfectamente respetado del mundo.
Él es el principal dignatario del buró, y hasta los propios cerdos lo miran con un sentimiento de reverencia. Las faldas de su levita son mucho más largas —su pipa, las hebillas de sus zapatos, sus ojos y su vientre, mucho más grandes— que los de cualquier otro viejo caballero de la aldea; y en cuanto a su barbilla, no es solo doble, sino triple.
He pintado así el feliz estado de Vondervotteimittiss: ¡ay, que un cuadro tan hermoso haya de experimentar jamás un revés!
Ha existido desde antiguo un dicho entre los habitantes más sabios de que > «nada bueno puede venir de más allá de las