Una dama es insultada en la calle por el cómplice de un timador. El timador mismo acude en su auxilio y, propinando a su amigo una buena paliza, insiste en acompañar a la dama hasta la puerta de su casa. Hace una reverencia, con la mano sobre el corazón, y se despide de ella con el mayor respeto. Ella le suplica, en calidad de su libertador, que pase y sea presentado a su hermano mayor y a su papá. Con un suspiro, él se niega a hacerlo. —¿No hay ninguna manera, pues, caballero —murmura ella— en la que se me permita testimoniar mi gratitud?
—Pues sí, señora, lo hay. ¿Tendría la amabilidad de prestarme un par de chelines?
En la primera emoción del momento, la dama decide desmayarse en regla. Sin embargo, pensándolo bien, abre los cordones de su monedero y entrega la moneda sonante. Ahora bien, esto —digo yo— es una estafa minúscula, pues la mitad entera de la suma tomada en préstamo ha de pagarse al caballero que se tomó la molestia de cometer el insulto, y que luego tuvo que quedarse quieto y recibir una paliza por haberlo cometido.
Más bien una pequeña pero aun así científica estafa es esta. El estafador se acerca a la barra de una taberna y pide un par de rollos de tabaco. Se los entregan y entonces, tras haberlos examinado ligeramente, dice:
“No me gusta mucho este tabaco. Toma, recíbelo de vuelta y dame en su lugar un vaso de brandy con agua”.
El brandy con agua es servido y tragado, y el timador se encamina hacia la puerta. Pero la voz del tabernero lo detiene.
“Creo, señor, que ha olvidado pagar su brandy con agua”.