aullando y chillando por siempre. Justo enfrente del promontorio sobre cuya cúspide estábamos colocados, y a una distancia de unas cinco o seis millas mar adentro, era visible una pequeña isla de aspecto desolado; o, más propiamente, su posición era discernible a través del desierto de olas en el que se hallaba envuelta. Unas dos millas más cerca de tierra, surgía otra de menor tamaño, hidiondamente escarpada y estéril, y rodeada a varios intervalos por un cúmulo de rocas oscuras.
El aspecto del océano, en el espacio comprendido entre la isla más lejana y la costa, tenía algo de muy inusual. Aunque en ese momento soplaba hacia tierra un vendaval tan fuerte que un bergantín en alta mar capeaba el temporal con una vela deelta de doble rizo y se hundía constantemente hasta desaparecer de vista por completo, no había allí nada parecido a un oleaje regular, sino tan solo un entrecorte de aguas breve, rápido e iracundo en todas direcciones—tanto a contraviento como en sentido contrario. Espuma había poca, salvo en las inmediaciones de las rocas.
“La isla que se ve a lo lejos —prosiguió el viejo—, los noruegos la llaman Vurrgh. La que está en medio es Moskoe. Aquella a una milla hacia el norte es Ambaaren. Allá están Islesen, Hotholm, Keildhelm, Suarven y Buckholm. Más allá —entre Moskoe y Vurrgh— se encuentran Otterholm, Flimen, Sandflesen y Stockholm. Estos son los verdaderos nombres de los lugares; pero por qué se ha considerado necesario darles nombre siquiera, es algo que ni tú ni yo podemos comprender. ¿Oyes algo? ¿Ves algún cambio en el agua?”
Llevábamos ya unos diez minutos en la cima de Helseggen, a la que habíamos ascendido desde el interior de Lofoden, por lo que no habíamos tenido ni un vislumbre del mar hasta que este se abrió ante nosotros desde la cumbre. Mientras el viejo hablaba, me percaté de un sonido fuerte y gradualmente creciente, semejante al mugido de una vasta manada de búfalos en una