cosas. No entraba en su juego mostrarse en modo alguno consciente del alto honor del que así disfrutaba de forma inesperada; sino que, induciendo a su huésped a entablar conversación, pretendía sonsacarle algunas ideas éticas importantes que, al conseguir un lugar en su proyectada publicación, iluminaran al género humano y al mismo tiempo lo inmortalizaran a él —ideas que, debo haber añadido, la gran edad de su visitante y su muy conocida competencia en la ciencia de la moral bien podrían haberle permitido aportar—.
Animado por estas ilustradas miras, nuestro héroe invitó al caballero a sentarse, mientras él mismo aprovechaba la ocasión para echar unos sarmientos al fuego y colocar sobre la ya restablecida mesa unas botellas de Mousseux.
Habiendo completado rápidamente estas operaciones, acercó su silla vis-à-vis a la de su compañero y aguardó a que este último iniciara la conversación. Pero los planes más hábilmente madurados suelen verse frustrados en los inicios de su aplicación, y el restaurador se quedó desconcertado por las primeras palabras del discurso de su visitante.
—Ya veo que me conoces, Bon-Bon —dijo—; ¡ja! ¡ja! ¡ja!—¡je! ¡je! ¡je!—¡ji! ¡ji! ¡ji!—¡jo! ¡jo! ¡jo!—¡ju! ¡ju! ¡ju!—; y el diablo, abandonando de golpe la santidad de su porte, abrió hasta más no poder una boca de oreja a oreja para mostrar una dentadura afilada y parecida a colmillos, y, echando la cabeza hacia atrás, rió larga, alta, malvada y estruendosamente, mientras el perro negro, agachándose sobre sus ancas, se sumaba con entusiasmo al coro, y la gata atigrada, saliendo disparada en dirección tangencial, se puso de dos patas y maulló chillona en el rincón más alejado de la estancia.
No así el filósofo; era demasiado hombre de mundo como para reírse como el perro, o traicionar con gritos la indecorosa trepidación del gato. Debe confesarse que sintió un poco de asombro al ver que las letras blancas que formaban las palabras Rituel Catholique en el libro del