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nydus/Short FictionPublic
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Nunca apuestes tu cabeza al diablo

este modo, a los autores en general se les ahorra gran parte del trabajo. Un novelista, por ejemplo, no necesita preocuparse por su moraleja. Está ahí⁠—es decir, está en alguna parte⁠—, y la moraleja y los críticos ya se encargarán de sí mismos. Cuando llegue el momento oportuno, todo lo que el caballero pretendió, y todo lo que no pretendió, saldrá a la luz en el Dial o en el Down-Easter, junto con todo lo que debería haber pretendido y lo demás que claramente tenía la intención de pretender:⁠—de modo que al final todo encajará a la perfección.

No hay fundamento justo, por tanto, para el cargo que me hacen ciertos ignorantes de que jamás he escrito un cuento moral, o, en palabras más precisos, un cuento con moraleja. No son ellos los críticos predestinados a sacarme a la luz y desarrollar mi moral: ese es el secreto. Muy pronto el North American Quarterly Humdrum los avergonzará por su estupidez. Mientras tanto, a manera de suspender la ejecución —a manera de mitigar las acusaciones en mi contra—, ofrezco la triste historia adjunta: una historia sobre cuya obvia moraleja no puede haber la menor duda, puesto que quien corre puede leerla en las grandes mayúsculas que forman el título del cuento. Debería reconocérseme el mérito por esta disposición, mucho más prudente que la de La Fontaine y otros, que reservan la impresión que desean transmitir hasta el último momento, colándola así de rondón al final de sus fábulas.

Defuncti injuriâ ne afficiantur era una ley de las doce tablas, y De mortuis nil nisi bonum es un mandato excelente, aun cuando el difunto en cuestión no sea más que cerveza floja y muerta. No es mi propósito, por lo tanto, vituperar a mi difunto amigo, Toby Dammit. Era un perro triste, es verdad, y una muerte de perro fue la que tuvo; pero él no tenía la culpa de sus vicios. Nacieron de un defecto personal en su madre. Ella hizo todo lo posible por azotarlo cuando era un bebé —pues los deberes para con su mente bien regulada eran

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