al señor Pennifeather. Su tío lo había amenazado, tras hacer un testamento a su favor, con desheredarlo. Pero la amenaza en realidad no se había cumplido; el testamento original, al parecer, no había sido alterado. De haber sido alterado, el único motivo concebible para el asesinato por parte del sospechoso habría sido el ordinario de la venganza; e incluso este se habría visto contrarrestado por la esperanza de ser restituido en las gracias del tío. Pero al no estar alterado el testamento, mientras la amenaza de alterarlo permanecía pendiente sobre la cabeza del sobrino, aparece de inmediato el incentivo más fuerte posible para la atrocidad, y así lo concluyeron, con mucha sagacidad, los dignos ciudadanos del municipio de Rattle.
El señor Pennifeather fue, en consecuencia, arrestado en el acto, y la multitud, tras una búsqueda más exhaustiva, emprendió el camino de regreso a casa llevándolo bajo custodia.
En el trayecto, sin embargo, ocurrió otra circunstancia que tendía a confirmar la sospecha albergada. El señor Goodfellow, cuyo celo lo llevaba a estar siempre un poco adelantado al grupo, fue visto de súbito correr hacia adelante unos pocos pasos, agacharse y luego, Aparentemente, recoger algún objeto pequeño del —césped.
Tras examinarlo con rapidez, se observó también que hacía una especie de intento a medias por ocultarlo en el bolsillo de su abrigo; pero esta acción fue notificada, como digo, y por consiguiente impedida, momento en el cual se descubrió que el objeto recogido era un cuchillo español que una docena de personas reconoció de inmediato como propiedad del señor Pennifeather.
Además, sus iniciales estaban grabadas en el mango. La hoja de este cuchillo estaba abierta y ensangrentada.
No quedaba ya ninguna duda de la culpabilidad del sobrino, e inmediatamente después de llegar a Rattleborough fue llevado ante un magistrado para ser interrogado.