El método es el alma de los negocios.
Soy un hombre de negocios. Soy un hombre metódico. El método lo es todo, después de todo. Pero no hay gente que desprecie más de corazón que a esos necios excéntricos que parlotean sobre el método sin entenderlo; ateniéndose estrictamente a su letra y violando su espíritu.
Estos tipos siempre están haciendo las cosas más extravagantes de lo que llaman una manera ordenada. Ahora bien, aquí, según creo, hay una paradoja evidente. El verdadero método atañe a lo ordinario y a lo obvio únicamente, y no puede aplicarse a lo estrambótico.
¿Qué idea definida puede formarse uno de expresiones tales como «un donjuán metódico» o «un fuego fatuo sistemático»?
Mis nociones sobre este punto quizás no habrían sido tan claras como lo son, de no ser por un afortunado accidente que me ocurrió cuando era un niño muy pequeño.
Una bondadosa vieja niñera irlandesa (a quien no olvidaré en mi testamento) me tomó un día por los talones, cuando yo estaba haciendo más ruido del necesario, y dándome dos o tres vueltas en el aire, me maldijo los ojos por «ruidoso y miserable esguízarro», y luego me estrelló la cabeza contra la columna de la cama, dejándomela hecha un asco.
Esto, digo, decidió mi destino y hizo mi fortuna. En el sincipicio me brotó de inmediato un chichón que resultó ser tan hermoso órgano del orden como uno pueda ver en un día de verano. De ahí ese apetito irrefrenable por el sistema y la regularidad que me ha convertido en el distinguido hombre de negocios que soy.