en el crepúsculo, disertábamos sobre los días venideros, en que la superficie de la Tierra, marcada por el Arte, habiendo sufrido esa purificación que sola podía borrar sus obscenidades rectangulares, se revestiría de nuevo con el verdor, las laderas montañosas y las aguas sonrientes del Paraíso, y sería convertida por fin en una morada digna para el hombre;—para el hombre purgado por la Muerte—para el hombre para cuya intelecto hoy exaltado no habría ya veneno en el conocimiento—para el hombre redimido, regenerado, dichoso y ya inmortal, pero aún material.
Bien recuerdo estas conversaciones, querido Monos; pero la época de la ardiente destrucción no estaba tan próxima como creíamos, y como la corrupción que señalas nos autorizaba ciertamente a creer.
Los hombres vivían; y morían individualmente. Tú mismo enfermaste y pasaste a la tumba; y hacia allí tu constante Una te siguió apresuradamente. Y aunque el siglo transcurrido desde entonces, y cuya conclusión nos reúne así una vez más, atormentó nuestros sentidos adormecidos sin impaciencia por la duración, sin embargo, mi Monos, fue un siglo todavía.