propósitos de la seda misma, bastante resistente y bastante más barata. > > “Estando ya todo listo, le exigí a mi esposa juramento de secreto con respecto a todas mis acciones desde el día de mi primera visita al puesto del librero; y prometiendo por mi parte regresar tan pronto como las circunstancias lo permitieran, le di el poco dinero que me quedaba y me despedí de ella. A decir verdad, no temía por ella. Era lo que la gente llama una mujer resuelta, y podía apañárselas en el mundo sin mi ayuda. Creo, para decir la verdad, que siempre me consideró un holgazán —un mero cero a la izquierda—, bueno para nada más que para construir castillos en el aire, y se alegró bastante de librarse de mí. Era una noche oscura cuando le dije adiós y, llevándome como ayudantes a los tres acreedores que tantos quebraderos de cabeza me habían dado, transportamos el globo, junto con la barquilla y los arreos, por un camino de rodeo, hasta la estación donde estaban depositados los demás enseres. Allí los hallamos todos intactos y me puse inmediatamente manos a la obra. > > “Era el primero de abril. La noche, como dije antes, era oscura; no se veía una sola estrella, y una llovizna que caía a intervalos nos hacía sentir muy incómodos. Pero mi principal preocupación era el globo que, a pesar del barniz con el que estaba protegido, empezaba a volverse bastante pesado debido a la humedad; la pólvora también corría el riesgo de estropearse. Puse por tanto a mis tres acreedores a trabajar con gran diligencia, machacando hielo alrededor de la barrica central y removiendo el ácido en las demás. No cesaban, sin embargo, de importunarme con preguntas sobre lo que pensaba hacer con todo aquel aparato y manifestaban mucho descontento por el terrible esfuerzo que les
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La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall
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