demasiada carne ni muy poca—ni tosquedad ni fragilidad. No me podía imaginar una curva más elegante que la del os femoris, y existía justamente esa debida y suave prominencia en la parte posterior de la fíbula que contribuye a la conformación de una pantorrilla propiamente proporcionada. ¡Pluguiera a Dios que mi joven y talentoso amigo Chiponchipino, el escultor, hubiera visto las piernas del brigadier general por comisión John A. B. C. Smith!
Pero aunque los hombres de un físico tan absolutamente apuesto no abundan tanto como las razones o las moras silvestres, aún así no lograba convencerme de que ese algo notable al que aludí hace un momento—el extraño aire de je ne sais quoi que flotaba en torno a mi nuevo conocido—radicaba por completo, o en realidad en absoluto, en la suprema excelencia de sus prendas corporales. Tal vez pudiera atribuirse a los modales;—pero aquí tampoco podía pretender ser categórico. Había una rigidez, por no decir una tiesura, en su porte—un grado de calculada y, si se me permite expresarlo así, de rectangular precisión que acompañaba cada uno de sus movimientos, la cual, observada en una figura más diminuta, habría tenido el más mínimo dejo del mundo de afectación, pomposidad o rigidez, pero que, advertida en un caballero de sus indudables dimensiones, se atribuía sin vacilar a la reserva, a la altivez—a un encomiable sentido, en suma, de lo que se debe a la dignidad de una proporción colosal.
El amable amigo que me presentó al general Smith me susurró al oído unas pocas palabras de comentario sobre el hombre. Era un hombre notable —un hombre muy notable—, de hecho, uno de los hombres más notables de la época. Era además el favorito indiscutible de las damas, debido principalmente a su gran reputación de valor.
—En ese aspecto no tiene rival; de hecho, es un auténtico desesperado, un verdadero busca pleitos, y sin duda alguna —dijo mi amigo, bajando aquí la voz de forma exagerada y estremeciéndome con el misterio de su tono.