—Delgado —dice él, el bribón—, ¡Och hon! ¡y un wolly-wou, pully-wou!, y luego con eso encogió sus dos hombros hasta que ni rastro de su cabeza quedaba por descubrir, y luego dejó caer las dos esquinas de su boca de sapo, y entonces ni pizca más de satisfacción pude sacarle al bellaco.
Créame, prenda mía, que el tal sir Pathrick se puso entonces de una furia insensata, y más aún porque el franchute seguía guiñándole el ojo a la viuda; y la viuda seguía apretándome la aleta, como quien dice: «Dale otra vez, sir Pathrick O’Grandison, mavourneen»; así que solté una gran juramento y le dije:
«¡Pequeña rana bribona y mujercita de pantano, hija de una sangrienta palabra!»—y justo entonces, ¿qué creéis que fue lo que hizo su señoría? Pues la verdad, se levantó de la sofy como si le hubiera picado un bicho y salió escopetada por la puerta, mientras yo volvía la cabeza tras ella, completamente atónito y confuso, y la seguía con mis dos lupas. Ya os dais cuenta de que tenía mis propias razones para saber que no podía bajar las escaleras del todo y por completo; pues sabía muy bien que le tenía cogida la mano, porque ni por asomo la había soltado jamás. Y le digo yo:
“¿No será que ha cometido el más mínimo error del mundo, su señoría? Vuelva ahora, sea un encanto, y le daré la aleta”.
Pero ella salió disparada escaleras abajo, y entonces me volví hacia el pequeño extranjero francés. ¡Och hon! Si no era su patitiesa mano de bribón la que tenía agarrada entre las mías —pues entonces— entonces no era— eso es todo.
Y tal vez no fui yo el que se murió de risa entonces mismo, al ver al pequeño muchacho cuando descubrió que no era la viuda para nada la que había estado agarrando todo ese tiempo, sino tan solo sir Pathrick O’Grandison.