un cofre oblongo de madera que, por su perfecta conservación y su maravillosa dureza, había sido claramente sometido a algún proceso mineralizador —tal vez el del bicloruro de mercurio—. Esta caja tenía tres pies y medio de largo, tres de ancho y dos y medio de profundidad. Estaba firmemente asegurada por bandas de hierro forjado, remachadas, que formaban una especie de enrejado abierto sobre todo el conjunto. A cada lado del cofre, cerca de la parte superior, había tres anillos de hierro —seis en total—, mediante los cuales seis personas podían sujetarlo firmemente. Nuestros mayores esfuerzos unidos sirvieron tan solo para mover muy ligeramente el arca en su lecho. Vimos de inmediato la imposibilidad de remover un peso tan grande. Por suerte, los únicos cierres de la tapa consistían en dos cerrojos corredizos. Los echamos hacia atrás —temblando y jadeando de ansiedad—. En un instante, un tesoro de incalculable valor quedó brillando ante nosotros. Al caer los rayos de las linternas dentro del foso, ascendió el destello y el fulgor de un montón confuso de oro y joyas que nos deslumbró por completo la vista.
No pretenderé describir los sentimientos con que contemplé aquello. El asombro era, por supuesto, lo predominante. Legrand parecía agotado por la emoción y pronunció muy pocas palabras. El rostro de Jupiter lució, durante unos minutos, una palidez tan mortal como es posible, en el orden natural de las cosas, que asuma el semblante de un negro. Parecía estupefacto, fulminado por el rayo. Al poco rato cayó de rodillas en la fosa y, hundiendo sus brazos desnudados hasta los codos en el oro, los dejó allí, como si disfrutara del placer de un baño. Al fin, con un profundo suspiro, exclamó, como para sí mismo:
—¡Y todo esto viene del goole-bug! ¡Del bonito goole-bug! ¡Del pobre y pequeño goole-bug, al que traté de esa manera tan salvaje! ¿No te da vergüenza, negro? ¡Contéstame a eso!
Por fin se hizo necesario que convenciera tanto al amo como al criado de la conveniencia de trasladar el tesoro. Se hacía tarde, y nos incumbía esforzarnos para lograr albergarlo todo antes de que amaneciera. Era