que distinguió su vida fue, en gran medida, el resultado de una premeditación. Es en verdad evidente que, con menos de esa filosofía instintiva que, de vez en cuando, reemplaza tan bien a la experiencia, el señor Ellison se habría visto precipitado, por el éxito extraordinario de su vida, en el común vórtice de infelicidad que bosteza para aquellos de prendas eminentes. Pero no es en modo alguno mi propósito redactar un ensayo sobre la felicidad. Las ideas de mi amigo pueden resumirse en pocas palabras. Él admitía tan solo cuatro principios elementales, o más estrictamente, condiciones de la dicha. * Aquello que consideraba principal era (¡cosa extraña!) el simple y puramente físico del ejercicio al aire libre. «La salud —decía— accesible por otros medios apenas merece tal nombre». Citaba los éxtasis del zorrero y señalaba a los labradores de la tierra, la única gente que, como clase, puede considerarse justamente más feliz que las demás. * Su segunda condición era el amor de una mujer. * Su tercera, y la más difícil de realizar, era el desprecio de la ambición. * Su cuarta era un objeto de incesante persecución; y sostenía que, manteniéndose iguales las demás circunstancias, el grado de felicidad alcanzable era proporcional a la
Ellison was remarkable in the continuous profusion of good gifts lavished upon him by fortune. In personal grace and beauty he exceeded all men. His intellect was of that order to which the acquisition of knowledge is less a labor than an intuition and a necessity. His family was one of the most illustrious of the empire.