de mi experimento con los libros viejos me convenció, en primer lugar, de que «la honradez es la mejor política» y, en segundo, de que si no podía escribir mejor que el señor Dante, los dos ciegos y el resto del viejo grupo, me resultaría, al menos, difícil escribir peor. Cobré ánimo, por lo tanto, y decidí continuar con lo «íntegramente original» (como dicen en las portadas de las revistas), cuandosea el costo en estudio y fatigas. Volví a colocar ante mis ojos, como modelo, las brillantes estancias sobre «El Aceite-de-Bob» del director del Gad-Fly, y resolví componer una oda sobre el mismo tema sublime, en competencia con lo que ya se había hecho.
Con mi primer verso no tuve ninguna dificultad material. Decía así:
“Para escribir una Oda sobre el «Aceite-de-Bob».”
Habiendo buscado cuidadosamente, sin embargo, todas las rimas legítimas para «Bob», me pareció imposible continuar. En este dilema recurrí a la ayuda paternal; y, tras algunas horas de madura reflexión, mi padre y yo construimos así el poema: