que aquí nadie es tu dueño, ya ves! ¡Ay! Juan, Juan, si no te vas, no eres un homo —¡no! Solo eres un ave, un búho; una vaca, una cerda; un pelele, una cotorra; un pobre, viejo e inútil para nadie leño, perro, puerco o rana, salido de un cenagal de Concord. ¡Cálmate ya —cálmate! ¡Tranquilízate, zoquete! ¡Nada de cantar victoria, viejo gallo! ¡No frunces el ceño así —no! ¡No grites, ni aúlles, ni gimas, ni guau-guau-guau! ¡Dios mío, Juan, qué aspecto tienes! Te lo dije, ya ves —pero deja de menear así tu ganso de vieja cabeza, ¡y ve a ahogar tus penas en un
Agotado, muy naturalmente, por tan estupefaciente esfuerzo, el gran Toma-y-deja no pudo ocuparse de nada más en toda la noche. Con firmeza, serenidad, pero con un aire de poder consciente, le entregó su manuscrito al diablo de guardia y luego, caminando sin prisa hacia su casa, se retiró a la cama con inefable dignidad.
Entre tanto el diablo, a quien se había confiado el original, subió corriendo a su «caja», con indescriptible prisa, y dio comienzo de inmediato a «componer» el manuscrito.
En primer lugar, por supuesto —puesto que la primera palabra era «Así»—, se lanzó de cabeza al casillero de la S mayúscula y salió triunfante con una S mayúscula. Exaltado por este éxito, se abalojó de inmediato sobre la gaveta de la o minúscula con ciega impetuosidad; pero ¿quién podrá describir su horror cuando sus dedos salieron sin la letra prevista entre sus garras? ¿Quién pintará su asombro y su rabia al advertir, mientras se frotaba los nudillos, que no había hecho más que aporrearlos inútilmente contra el fondo de una gaveta vacía? Ni una sola o minúscula había en el casillero de la o minúscula; y, echando una mirada temerosa al compartimento de la O mayúscula, descubrió que, para su mayor terror, se encontraba en una situación exactamente idéntica. Aterrorizado, su primer impulso fue correr hacia el capataz.