noche, una compañía de siete. Y a nuestra cámara no había más entrada que una alta puerta de bronce; y la puerta había sido labrada por el artífice Corinos y, siendo de rara hechura, estaba trancada por dentro. Cortinajes negros, asimismo, en la sombría estancia, ocultaban a nuestra vista la luna, las lúgubres estrellas y las desiertas calles; mas el presagio y el recuerdo del Mal, esos no querían ser así excluidos.
Había cosas a nuestro alrededor y en derredor de las cuales no puedo dar cuenta distinta —cosas materiales y espirituales— pesadez en la atmósfera —una sensación de sofocación— ansiedad— y, sobre todo, ese terrible estado de existencia que experimentan los nervios cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, y entretanto las facultades del pensamiento yacen dormidas.
Un peso muerto pendía sobre nosotros. Pendía sobre nuestros miembros —sobre los muebles de la casa— sobre las copas de las que bebíamos; y todas las cosas estaban deprimidas y agobiadas por ello —todas las cosas, salvo únicamente las llamas de los siete candelabros que iluminaban nuestra orgía.
Erguiéndose en altas y esbeltas líneas de luz, permanecían así ardiendo, todas pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo formaba sobre la mesa redonda de ébano en la que nos sentábamos, cada uno de los allí reunidos contemplaba la palidez de su propio rostro y el brillo inquieto en los ojos abatidos de sus compañeros.
Sin embargo, reíamos y estábamos alegres a nuestra manera —que era histérica— y cantábamos los cantos de Anacreonte —que son locura— y bebíamos profundamente —aunque el vino púrpura nos recordaba a la sangre.
Pues había aún otro inquilino en nuestra estancia, en la persona del joven Zoilo.