Tal vez fue este último rasgo en la conducta de Wilson, sumado a nuestra identidad de nombre y al mero accidente de haber entrado en la escuela el mismo día, lo que hizo circular la especie de que éramos hermanos entre los alumnos de las clases superiores de la academia.
Estos por lo general no investigan con mucha minuciosidad los asuntos de los más jóvenes.
Ya he dicho, o debí haber dicho, que Wilson no estaba emparentado con mi familia ni en el más remoto grado. Pero ciertamente, de haber sido hermanos, habríamos sido mellizos; pues, tras abandonar la casa del doctor Bransby, supe por casualidad que mi tocayo había nacido el diecinueve de enero de 1813, y esta es una coincidencia un tanto notable, ya que el día es precisamente el de mi propio nacimiento.
Puede parecer extraño que, a pesar de la continua ansiedad que me ocasionaba la rivalidad de Wilson y su intolerable espíritu de contradicción, no pudiera llegar a aborrecerlo del todo. Teníamos, a buen seguro, casi todos los días una disputa en la que, cediéndome públicamente la palma de la victoria, él se ingeniaba de algún modo para hacerme sentir que era el suyo el que la había merecido; sin embargo, un sentimiento de orgullo por mi parte, y una dignidad verídica por la suya, nos mantenían siempre en lo que se llama «términos amistosos», al tiempo que existían muchos puntos de fuerte afinidad en nuestros temperamentos, que operaban en mí despertando un sentimiento que nuestra posición tan solo, tal vez, impedía que madurara en amistad.