Pero Khoda shefa midêhed —el Cielo da alivio—, como dicen los musulmanes cuando les pisas los callos. En cumplimiento de mi deber había sido insultado, y soporté el insulto como un hombre. Me pareció entonces, sin embargo, que había hecho todo lo que se podía esperar de mí en el caso de este individuo miserable, y resolví no importunarlo más con mis consejos, sino dejarlo con su conciencia y consigo mismo. Pero aunque me abstuve de importunarlo con mis advertencias, no logré resignarme a abandonar del todo su compañía. Fui incluso tan lejos como para tolerar algunas de sus inclinaciones menos reprehensibles; y hubo momentos en que me sorprendí alabando sus malvados chistes, como los epicúreos la mostaza, con lágrimas en los ojos:—tanto me dolía oír sus malas conversaciones.
Un buen día, habiendo salido a pasear juntos, del brazo, nuestro rumbo nos condujo en dirección a un río. Había un puente y decidimos cruzarlo. Estaba techado a guisa de protección contra la intemperie y el túnel, al tener pocas ventanas, era por ello muy incómodamente oscuro. Al entrar en el pasaje, el contraste entre el fulgor exterior y la penumbra interior pesó gravemente sobre mi ánimo. No así sobre el del infeliz Dammit, quien le propuso apostar su cabeza al diablo a que yo estaba melancólico. Parecía estar de un buen humor insólito. Estaba sumamente animado, tanto que albergué no sé qué sospechas inquietantes. No es imposible que estuviera afectado por los trascendentales. Sin embargo, no estoy lo suficientemente versado en el diagnóstico de esta enfermedad como para hablar con decisión sobre el punto; y, por desgracia, ninguno de mis amigos del Dial estaba presente. Sugiero la idea, no obstante, debido a cierta especie de austero payasismo que parecía acosar a mi pobre amigo y hacía que se comportara como un absoluto imbécil. No se le ocurrió otra cosa que retorcerse y dar brincos por debajo y por encima de todo cuanto se le ponía en el camino; gritando ahora y balbuceando luego toda clase de extrañas palabras