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nydus/Short FictionPublic
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Por qué el pequeño francés lleva el brazo en cabestrillo

¡Bien que lo tengo en mis tarjetas de visita (y son ellas las que son de todo papel de raso rosa) que cualquier caballero que guste puede contemplar las intherisántes palabras, «Sir Pathrick O’Grandison, Barronitt, 39 Southampton Row, Russell Square, Parrish o’ Bloomsbury»!

Y si hubiereis de querer descurbrir quién es el colmo de la purlitesa por completo, y el líder del cotarro en toda la santa ciudad de Londrés —pues soy mismamente yo.

Y a fe que eso no es de extrañar para nada (así que tened a bien dejar de arrugar la nariz), pues en cada pulgada de las seis semanas que llevo siendo un caballero, y dejado atrás el cavar turberas para dedicarme a la Baronía, ha sido Pathrick el que ha estado viviendo como un santo emperador, adquiriendo la iddicación y los modales.

¡Och! ¿Y no sería una bendición para sus espíritus si pudieran clavar sus dos pestañas, precisamente, sobre Sir Pathrick O’Grandison, Baronitt, cuando está todo listico vestido para la ópera, o subiéndose al Brisky para el paseo por el Hyde Park?

Pero si es la elegante gran figura la que tengo, por razón de la cual todas las damas se enamoran de mí. ¿Acaso no soy yo mismo, mi dulce yo, el que mide los seis pies, y las tres pulgadas más que eso, en las medias, y que estoy extraordinariamente bien proporcionado de arriba a abajo para hacer juego?

¿Y es verdaderamente más de tres pies y algo lo que mide, de cualquier modo, el pequeño y viejo extranjero francés que vive justo cruzando la

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