Me esforzé por proferir un grito; y mis labios y mi reseca lengua se movieron convulsivamente en el intento—pero ninguna voz brotó de los cavernosos pulmones, los cuales, oprimidos como por el peso de alguna montaña agobiante, jadeaban y palpitaban, junto con el corazón, en cada esforzada y penosa inspiración.
El movimiento de las mandíbulas, en este esfuerzo por gritar con fuerza, me demostró que estaban atadas, como se acostumbra con los muertos. Sentí, además, que yacía sobre alguna sustancia dura y que, por algo similar, mis costados estaban también estrechamente comprimidos. Hasta entonces, no me había atrevido a mover ninguno de mis miembros; pero ahora lancé violentamente hacia arriba los brazos, que habían estado estirados a lo largo del cuerpo, con las muñecas cruzadas. Golpearon contra una sólida sustancia de madera, que se extendía por encima de mi persona a una altura de no más de seis pulgadas de mi rostro. Ya no podía dudar de que, al fin, descansaba dentro de un ataúd.
Y ahora, en medio de todas mis infinitas miserias, vino dulcemente el querubín Esperanza—pues pensé en mis precauciones. Me retorció y Hice esfuerzos espasmódicos para forzar la apertura de la tapa: no se movía. Busqué con las muñecas la cuerda de la campanilla: no se encontraba por ninguna parte. Y entonces el Consolador huyó para siempre, y una Desesperación aún más implacable reinó triunfante; pues no pude evitar percibir la ausencia del acolchado que había preparado con tanto esmero—y entonces también, llegó de repente a mis fosas nasales el fuerte y peculiar olor a tierra húmeda. La conclusión era ineludible. No estaba dentro de la cripta. Había caído en un trance estando fuera de casa—estando entre extraños—cuándo o cómo, no podía recordarlo—y fueron ellos quienes me habían enterrado como a un perro—clavado en algún ataúd corriente—y arrojado a lo más profundo, profundo, y para siempre, en alguna tumba ordinaria y sin nombre.