motivos para aterrorizarme. Mi distancia de la luna era comparativamente insignificante, al tiempo que la labor requerida por el condensador no disminuía en absoluto y no hallaba indicio alguno de una escasez decreciente de rarefacción en el aire. > > “ 19 de abril . Esta mañana, para mi gran dicha, hacia las nueve, hallándose la superficie de la luna aterradoramente cerca y mis aprensiones excitadas al máximo, la bomba de mi condensador dio por fin muestras evidentes de una alteración en la atmósfera. A las diez tenía motivos para creer su densidad considerablemente incrementada. A las once era menester muy poca labor en el aparato; y a las doce, con ciertas vacilaciones, me aventuré a desenroscar el torniquete cuando, al no hallar inconveniente alguno en haberlo hecho, abrí por fin la cámara de goma elástica y la desguacé de alrededor de la barquilla. Como cabía esperar, espasmos y un dolor de cabeza violento fueron las consecuencias inmediatas de un experimento tan precipitado y lleno de peligro. Mas estas y otras dificultades que acompañaban a la respiración, como no eran tan grandes como para ponerme en peligro de muerte, determiné soportarlas lo mejor posible en consideración a ir dejándolas atrás por momentos en mi aproximación a los estratos más densos cerca de la luna. Dicha aproximación, no obstante, seguía siendo extrema en su impetuosidad; y no tardó en volverse alarmantemente seguro que, aunque probablemente no me había equivocado en la expectativa de una atmósfera densa en proporción a la masa del satélite, sí me había equivocado al suponer esta densidad, ni siquiera en la superficie, en absoluto adecuada para sostener el gran peso que albergaba la barquilla de mi globo. Sin embargo, así debió de
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La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall
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