¿Qué azar, buena señora, os ha arrebatado de este modo?
Era una tarde quieta y serena cuando paseaba por la hermosa ciudad de Edina.
La confusión y el bullicio en las calles eran terribles.
- Los hombres hablaban.
- Las mujeres gritaban.
- Los niños se ahogaban.
- Los cerdos silbaban.
- Los carros traqueteaban.
- Los toros bramaban.
- Las vacas mugían.
- Los caballos relinchaban.
- Los gatos maullaban.
- Los perros bailaban.
¡Bailaban! ¿Acaso era posible? ¡Bailaban!
Ay, pensé, ¡mis días de baile han terminado!
Así es siempre. ¡Qué tropel de sombrías remembranzas se despertará una y otra vez en la mente del genio y de la contemplación imaginativa, especialmente de un genio condenado a la perpetua, y eterna, y continua, y, por decirlo así, la— continuada —sí, la continuada y continua, amarga, agobiante, perturbadora, y, si se me permite la expresión, la muy perturbadora influencia del sereno, y divino, y celestial, y ensalzado, y elevado, y purificador efecto de lo que con razón puede llamarse la cosa más envidiable, la más verdaderamente envidiable—¡vamos! la más