en frecuentes y majestuosos grupos, la palmera y el cocotero, junto con otros árboles gigantescos y extraños de amplísima vetustez; y aquí y allá se divisaba un campo de arroz, la choza de paja de un campesino, un estanque, un templo aislado, el campamento de unos gitanos o una solitaria y graciosa doncella que se encaminaba, con un cántaro sobre la cabeza, hacia las orillas del magnífico río.
“Diréis ahora, por supuesto, que soñé; mas no fue así. Lo que vi—lo que oí—lo que sentí—lo que pensé—no tenía nada de la inconfundible idiosincrasia del sueño. Todo era rigurosamente coherente. Al principio, dudando de si estaba realmente despierto, me sometí a una serie de pruebas que pronto me convencieron de que así era. Ahora bien, cuando uno sueña, y, en el sueño, sospecha que sueña, la sospecha no deja nunca de confirmarse, y el durmiente casi de inmediato se despierta. Así pues, Novalis no se equivoca al decir que «estamos cerca de despertar cuando soñamos que soñamos». Si la visión me hubiera sobrevenido tal como la describo, sin sospechar que era un sueño, entonces bien pudo haber sido un sueño absolutamente; pero, habiendo ocurrido como ocurrió, y habiendo sido sospechada y puesta a prueba como lo fue, me veo obligado a clasificarla entre otros fenómenos”.
—En esto no estoy seguro de que te equivoques —observó el Dr. Templeton—, pero continúa. Te levantaste y descendiste a la ciudad.
“Me levanté —continuó Bedloe, mirando al Doctor con un aire de profundo asombro—, me levanté, como usted dice, y descendí a la ciudad. En el camino me topé con una muchedumbre inmensa que abarrotaba todas las calles, marchando en la misma dirección y mostrando en cada acto la más extrema excitación. De repente, y por algún impulso inconcebible, me vi intensamente imbuido de un interés personal en lo que estaba sucediendo. Me parecía sentir que tenía un papel importante que desempeñar, sin entender exactamente cuál era.