todos los pequeños apretones el que recibí a cambio? «¡Sangre y truenos, sir Pathrick, mavourneen —pensé para mis adentros—, por mi fe, que eres justo el hijo de tu madre, y nadie más en absoluto, el más apuesto y afortunado saltarines de turberas que jamás haya salido de Connaught!» Y con eso le di a la aleta un gran apretón, y un gran apretón fue, ¡voto a bríos!, el que su señoría me devolvió.
Pero te habría partió los siete costados de risa el ver, en ese mismo instante, el presumido comportamiento del monsiur Maiter-di-dauns.
Un par de semejantes cotorreos, sonrisitas y parlevús como los que empezó con su señoría jamás se habían visto sobre la faz de la tierra; y que me lleve el diablo si no fueron mis propios dos ojitos los que lo pillaron guiñándole un ojo a hurtadillas.
¡Och, Dios mío! ¡Si no era yo mismo entonces el que estaba más rabioso que un gato de Kilkenny, me gustaría que me dijeran quién era!
—Permítame informarle, Monseer Maiter-di-dauns —le dije, tan cortés como jamás hayáis visto—, que no es nada, pero nada de bien educado, y menos para gente de su calaña, andar con esos coqueteos y miraditas de besugo hacia su señoría de esa manera —y justo con eso le di a su manita un apretón tal, que venía a decir: «¿A que no es don Patricio, prenda mía, el que sabrá protegerla, mi adorada?», y entonces vino de vuelta otro apretón, a guisa de respuesta.
«Muy cierto lo vuestro, don Patricio —decía tan claro como jamás apretón alguno lo ha dicho en el mundo—, muy cierto lo vuestro, don Patricio, mavourneen, y sois un caballero de lo más apuesto, ¡voto a Dios!»; y con eso abrió sus dos hermosos luceros hasta el punto en que creí que se le saldrían de la cabeza por completo y del todo, y miró primero más furiosa que un gato al Monseer Rana, y luego con una sonrisa de oreja a oreja hacia mí mismo.