Su semblante estaba, como de costumbre, de una palidez cadavérica —mas, además, había una especie de loca hilaridad en sus ojos—, una histeria evidentemente reprimida en todo su porte. Su aspecto me aterrorizó—, pero cualquier cosa era preferible a la soledad que había sufrido durante tanto tiempo, e incluso acogí su presencia como un alivio.
—¿Y no lo habéis visto? —dijo de improviso, tras haber estado mirando a su alrededor unos momentos en silencio—; ¿no lo habéis visto entonces?—; ¡pero, aguardad! Ya lo veréis.
Dicho esto, y tras haber resguardado cuidadosamente su lámpara, se apresuró a dirigirse a uno de los ventanales y lo abrió de par en par a la tormenta.
La impetuosa furia de la ráfaga entrante casi nos levanta del suelo.
Era, en verdad, una noche tempestuosa pero de una severa belleza, y salvajemente singular en su terror y su hermosura. Al parecer, un torbellino había concentrado su fuerza en nuestra vecindad; pues se sucedían frecuentes y violentas alteraciones en la dirección del viento; y la extrema densidad de las nubes (que colgaban tan baja que oprimían los torreones de la casa) no impedía que percibiéramos la velocidad, semejante a la de un ser vivo, con la que volaban embistiéndose desde todos los puntos unas contra otras, sin disiparse en la distancia.
Digo que ni siquiera su extrema densidad impedía que percibiéramos esto—sin embargo, no alcanzábamos a ver la luna ni las estrellas—ni tampoco se manifestaba destello alguno de relámpago. Pero las superficies inferiores de las enormes masas de vapor agitado, así como todos los objetos terrestres que nos rodeaban inmediatamente, resplandecían con la luz antinatural de una exhalación gaseosa, débilmente luminosa y claramente visible, que envolvía y ensombrecía la mansión.