que nos rodean inmediatamente. A cada segundo paso, hallará el encanto naciente disipado por la voz y la intrusión personal de algún rufián o grupo de bribones juerguistas. Buscará la privacidad entre el follaje más denso, todo en vano. He aquí los mismos rincones donde la chusma abunda más —he aquí los templos más profanados. Con náuseas en el corazón, el errante huirá de regreso al París contaminado como a un sumidero de inmundicia menos odioso porque es menos incongruente. Mas si los alrededores de la ciudad están tan asediados durante los días laborables de la semana, ¡cuánto más lo estarán en el Sabbat! Es ahora especialmente cuando, liberado de las exigencias del trabajo, o privado de las oportunidades habituales del crimen, el granuja urbano busca los recintos de la ciudad, no por amor a lo rural, que en su corazón desprecia, sino a modo de escape de las restricciones y convencionalidades de la sociedad. Desea menos el aire fresco y los árboles verdes que la absoluta licencia del campo. Aquí, en la posada del camino, o bajo el follaje de los bosques, se entrega, sin el freno de ninguna mirada salvo las de sus alegres compinches, a todos los excesos demenciales de una hilaridad fingida —fruto conjunto de la libertad y del ron. No digo más que lo que debe ser obvio para cualquier observador imparcial, al repetir que la circunstancia de que los objetos en
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El misterio de Marie Rogêt
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