extremo de asumir la encarnación de la Muerte Roja. Su ropaje estaba manado de sangre, y su amplia frente, junto con todos los rasgos del rostro, estaba salpicada del escarlata horror.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre esta imagen espectral (la cual, con un movimiento lento y solemne, como para sostener mejor su papel, se paseaba de un lado a otro entre los que valseaban), se vio que se estremecía, en un primer momento, con un fuerte escalofrío, ya fuera de terror o de repugnancia; pero, al instante siguiente, su frente enrojeció de ira.
—¿Quién se atreve? —exigió con voz ronca a los cortesanos que estaban cerca de él—; ¿quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfema? ¡Prendedlo y desmascaradlo, para que sepamos a quién tenemos que colgar al amanecer, desde las almenas!
Fue en la cámara oriental o azul donde se hallaba el príncipe Próspero al pronunciar estas palabras. Sonaron en las siete habitaciones alta y claramente —pues el príncipe era un hombre audaz y robusto, y la música había enmudecido ante un ademán de su mano.