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nydus/Short FictionPublic
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La caída de la casa de Usher

—¡No debéis, no podéis contemplar esto! —le dije, estremeciéndome, a Usher, mientras lo conducía, con una violencia suave, desde la ventana hacia un asiento.

—Estas apariciones, que os desconciertan, no son más que fenómenos eléctricos nada raros; —o tal vez tengan su macabro origen en el miasma pestilente del estanque. Cerremos este ventanal; —el aire es gélido y peligroso para vuestra salud. Aquí tenéis uno de vuestros romances favoritos. Yo leeré, y vos escucharéis; —y así pasaremos juntos esta terrible noche.

El antiguo volumen que había tomado era el Mad Trist of Sir Launcelot Canning; pero lo había llamado uno de los favoritos de Usher más en triste broma que en serio; pues, a decir verdad, hay poco en su extraña y poco imaginativa prolijidad que pudiera haber interesado a la elevada y espiritual idealidad de mi amigo.

Era, sin embargo, el único libro inmediatamente al alcance de la mano; y abrigué la vaga esperanza de que la excitación que ahora agituaba al hipocondríaco pudiera encontrar alivio (pues la historia de los trastornos mentales abunda en anomalías semejantes) aun en lo extremo de la necedad que iba a leer.

Si me hubiera dejado llevar, en verdad, por el aire salvaje y exagerado de vivacidad con que escuchaba, o Aparentemente escuchaba, las palabras del relato, bien habría podido felicitarme por el éxito de mi propósito.

Había llegado a aquella conocida parte de la historia en la que Ethelred, el héroe del Trist, tras buscar en vano una entrada pacífica a la morada del ermitaño, se dispone a forzar su acceso. Aquí, como se recordará, las palabras del relato dicen así:

“Y Ethelred, que por naturaleza era de corazón esforzado, y que ahora se hallaba además muy poderoso a causa de la potencia del vino que había

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