El jardín, como hermosa dama, estaba tallado, que yacía como si durmiera en deleite, y a los cielos abiertos cerraba sus ojos. Los campos azures del Cielo se asemejaban bien en un amplio círculo, cuajado de flores de luz. Las flores de lis y las chispas de rocío que pendían de sus hojas azules mostraban como estrellas titilantes que centellean en el azul vespertino.
Desde su cuna hasta su tumba, un vendaval de prosperidad llevó en pos a mi amigo Ellison.
Ni empleo la palabra prosperidad en su mero sentido mundano. La entiendo como sinónimo de felicidad. La persona de quien hablo parecía haber nacido con el propósito de prefigurar las doctrinas de Turgot, Price, Priestley y Condorcet, y de ejemplificar mediante un caso individual lo que se ha considerado la quimera de los perfeccionistas.
En la breve existencia de Ellison creo haber visto refutado el dogma de que en la naturaleza misma del hombre se halla algún principio oculto, antagonista de la bienaventuranza.
Un examen minucioso de su carrera me ha dado a entender que, por lo general, de la violación de unas pocas leyes simples de la humanidad surge la desdicha del hombre; que como especie poseemos los elementos aún no forjados del contento; y que, incluso ahora, en la actual oscuridad y demencia de todo pensamiento sobre la gran cuestión de la condición social, no es imposible que el hombre, como individuo, bajo ciertas condiciones inusuales y sumamente fortuitas, pueda ser feliz.
De opiniones tales como estas se hallaba también mi joven amigo plenamente imbuido, y así es digno de notar que el ininterrumpido goce