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nydus/Short FictionPublic
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Un apuro

benévolamente hermosa, la más deliciosamente etérea y, por decirlo así, la más bonita (si se me permite una expresión tan audaz) cosa (¡perdóneme, amable lector!) del mundo⁠—, pero siempre me dejo llevar por mis sentimientos.

En una mente semejante, repito, ¡cuántos recuerdos despierta una nusguedad! ¡Los perros bailaban! Yo⁠ —¡yo no podía! Ellos retozaban⁠—yo lloraba. Ellos daban brincos⁠—yo sollozaba a lágrima viva. ¡Circunstancias conmovedoras! que no pueden dejar de traer a la memoria del lector clásico aquel pasaje exquisito en relación con la idoneidad de las cosas, que se encuentra al comienzo del tercer volumen de aquella admirable y venerable novela china el Jo-Go-Slow.

En mi solitario paseo por la ciudad, tuve dos humildes pero fieles compañeras.

  • ¡Diana, mi caniche! ¡La más dulce de las criaturas!

Tenía una gran cantidad de pelo sobre uno de sus ojos y un listón azul atado con elegancia alrededor del cuello. Diana no medía más de cinco pulgadas de altura, pero su cabeza era algo más grande que su cuerpo, y su cola, cortada extremadamente corta, le confería un aire de inocencia agraviada a aquel interesante animal que la convertía en la favorita de todos.

¡Y Pompeyo, mi negro! —¡dulce Pompeyo! ¿Cómo podré olvidarte jamás? Me había tomado del brazo de Pompeyo. Tenía tres pies de altura (me gusta ser preciso) y unos setenta, o tal vez ochenta años de edad. Era zambo y corpulento. Su boca no debía llamarse pequeña, ni sus orejas cortas. Sus dientes, sin embargo, eran como perlas, y sus grandes ojos abultados eran deliciosamente blancos. La naturaleza no lo había dotado de cuello, y le había colocado los tobillos (como es habitual en esa raza) en la mitad de la parte superior de los pies. Vestía con una sencillez llamativa. Sus únicas prendas eran un cuello alto de nueve pulgadas y un

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