Su entera e interesante fisonomía era saturnina—hasta cadavéricamente pálida. La frente era alta, y estaba profundamente surcada por los pliegues de la contemplación. Las comisuras de los labios se curvaban hacia abajo en una expresión de la más sumisa humildade. Hubo además un entrecruzamiento de manos al dar un paso hacia nuestro héroe—un suspiro profundo—y, en conjunto, un aire de tan absoluta santidad que no habría podido dejar de resultar inequívocamente cautivador.
Toda sombra de ira se desvaneció del rostro del metafísico cuando, tras haber completado una satisfactoria inspección de la persona de su visitante, le apretó cordialmente la mano y lo condujo a un asiento.
Sin embargo, se incurriría en un error radical si se atribuyera esta transición instantánea de sentimiento en el filósofo a cualquiera de esas causas que de manera natural se supondría que tuvieron influencia. En efecto, Pierre Bon-Bon, por lo que he podido comprender de su temperamento, era de entre todos los hombres el menos propenso a dejarse engañar por la superficialidad de un porte exterior. Era imposible que un observador tan sagaz de los hombres y las cosas dejara de descubrir, al instante, el verdadero carácter del personaje que de este modo se había inmiscuido en su hospitalidad. Para no decir más, la conformación de los pies de su visitante era lo suficientemente notable; llevaba ligeramente sobre la cabeza un sombrero desmedidamente alto; había un abultamiento tembloroso en la parte trasera de sus calzones; y la vibración de las faldas de su levita era un hecho palpable.
Juzguese, pues, con qué sentimientos de satisfacción se vio nuestro héroe arrojado de este modo y de golpe en la sociedad de una persona por la que en todo momento había sentido el más incondicional respeto. Era, sin embargo, demasiado diplomático como para dejar escapar la menor insinuación de sus sospechas respecto al verdadero estado de las