con toda clase de salvaje excitación, y sentía dentro de mi único brazo la energía y el poder de una multitud. En pocos segundos lo arrinconé por pura fuerza contra el panel de madera y, teniéndolo así a mi merced, hundí mi espada, con ferocidad brutal, una y otra vez en su pecho.
En ese instante, alguien probó el picaporte de la puerta. Me apresuré a impedir la intrusión y luego regresé de inmediato junto a mi moribundo antagonista. Pero ¿qué lenguaje humano puede describir adecuadamente el asombro, el horror de que fui presa ante el espectáculo que entonces se ofreció a mi vista? El breve momento en que aparté los ojos había bastado para producir, al parecer, un cambio sustancial en la disposición del extremo superior o más alejado de la habitación. Un gran espejo —tal me pareció en un principio, en mi confusión— se erigía ahora donde antes no se veía ninguno; y, al acercarme a él en el colmo del terror, mi propia imagen, pero con el rostro completamente pálido y manchado de sangre, avanzó a mi encuentro con paso débil y tambaleante.