Haré ahora el papel de Edipo ante el enigma de Rattleborough. Os explicaré —como solo yo puedo hacerlo— el secreto de la maquinaria que obró el milagro de Rattleborough: el único, el verdadero, el admitido, el indiscutido, el indiscutible milagro que puso fin definitivamente a la infidelidad entre los habitantes de Rattleborough, y convirtió a la ortodoxia de las abuelas a todos los mentalmente carnales que se habían atrevido a ser escépticos antes.
Este acontecimiento—del que lamento hablar con un tono de ligereza inadecuada—ocurrió en el verano de 18—. El señor Barnabas Shuttleworthy—uno de los ciudadanos más ricos y respetables del municipio— llevaba varios días desaparecido en circunstancias que hacían sospechar de un crimen. El señor Shuttleworthy había salido de Rattleborough muy temprano un sábado por la mañana, a caballo, con la intención declarada de dirigirse a la ciudad de ⸻, situada a unas quince millas de distancia, y de regresar la misma noche. Dos horas después de su partida, sin embargo, su caballo regresó sin él y sin las alforjas que llevaba atadas a la espalda al salir. El animal estaba herido, además, y cubierto de barro. Estas circunstancias despertaron naturalmente una gran alarma entre los amigos del desaparecido; y cuando se descubrió, el domingo por la mañana, que aún no había aparecido, todo el municipio se levantó en masse para ir a buscar su cadáver.
El más destacado y enérgico en instituir esta búsqueda era el amigo íntimo del señor Shuttleworthy: un tal señor Charles Goodfellow, o, como le llamaban universalmente, «Charley Goodfellow» o «el viejo Charley Goodfellow».