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nydus/Short FictionPublic
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Las gafas

En una agonía de expectación, aguardé la respuesta. Tras lo que pareció el transcurso de un siglo, llegó.

Sí, en efecto, llegó. Por muy romántico que todo esto pueda parecer, realmente recibí una carta de Madame Lalande⁠—la hermosa, la adinerada, la idolatrada Madame Lalande. Sus ojos⁠—sus magníficos ojos, no habían desmentido a su noble corazón. Como la verdadera francesa que era, había obedecido los sinceros dictados de su razón⁠—los generosos impulsos de su naturaleza⁠—, desdeñando los convencionalismos pudorosos del mundo. No había desdeñado mis propuestas. No se había amparado en el silencio. No había devuelto mi carta sin abrir. Incluso me había enviado, en respuesta, una escrita por sus propios y exquisitos dedos. Decía así:

“Monsieur Simpson vill pardonne me for not compose de butefulle tong of his contrée so vell as might. It is only de late dat I am arrive, and not yet ave de opportunité for to⁠—l’étudier.

“Vid dis apologie for the manière, I vill now say dat, hélas!⁠—Monsieur Simpson ave guess but de too true. Need I say de more? Hélas! am I not ready speak de too moshe?

Besé este billete de noble espíritu un millón de veces y cometí, sin duda por su causa, otras mil extravagancias que ya se han borrado de mi memoria. Aun así, Talbot no regresaba. ¡Ay! De haberse forjado tan solo la más vaga idea del sufrimiento que su ausencia había ocasionado a su amigo,

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